19 de septiembre de 2014

Una mamá que trabajó hasta que fue hora de dar a luz


Paola supo que ese sería el día antes incluso de que empezara la primera contracción, pero ni aún el peso de la madrugada sobre su espalda, ni mucho menos los primeros dolores, le impidieron acabar el último trabajo que había pactado: una serie de fotografías de proyectos de ciencias para un libro escolar.

Era el 21 de febrero, el día en que, por la noche, llegaría Catalina. La madrugada era caliente, no había viento, aunque sí humedad y, sobre todo, grandes expectativas e inclusive algo de miedo. Pero todo eso mi mujer lo había dejado a un lado. Primero lo primero. Había que trabajar. Ya después vendría nuestra chamba.
Estaba hermosa. Madura y, al mismo tiempo, con esa fragilidad de quien se sabe cerca de algo importante. En este caso, de convertirse en mamá. Pausadamente, armaba las fotos, cuadraba los ángulos y la intensidad del flash, y, exactamente cada ocho minutos, dejaba todo a un lado y se ponía a caminar por el pasadizo, respirando hondo, a veces frenéticamente, descubriendo, a pasos raudos, el maravilloso sentido del dolor. Y de la vida.

Así transcurrieron tres horas y de pronto fue hora de partir. Las fotos ya estaban hechas, habíamos cerrado los ojos unos pocos minutos y estábamos listos. El hospital no estaba cerca, ni mucho menos el alumbramiento, pero para Paola todo, ahora sí, podía ir a su ritmo natural.

Fue allí que comprendí que para mi mujer no habría vacaciones, ni días libres por maternidad, ni nada que se le pareciese. Si hace unos años había decidido renunciar a su trabajo para ser una fotógrafa freelance y organizado su vida en base a ello, no había ahora una razón valedera para dejar de serlo, incluso con tan importante evento. Ser madre y trabajar no tenían por qué ser incompatibles.

Y, en efecto, así fue. Debió ser la segunda semana tras el alumbramiento cuando Pao debió hacer unos freelos y digamos, por decir lo menos, que fue un momento complejo, pues debí quedarme un par de horas con mi hija y, sobre todo, sin ese líquido por el que tanto ella había luchado: su leche. Ella debía volver en dos horas, pero cuando la pequeña empezó a llorar, simplemente entré, sin más, en las cuatro etapas de un papá-primerizo-que-se-queda-sin-mamá: 1) intenté mantener la calma cuando el llanto se hizo más fuerte, 2) busqué la lata de leche en fórmula y empecé a barajar la posibilidad de darle un biberón, 3) deseché la posibilidad con el espíritu ese de que “si la mamá tiene leche, ¡pues a dársela!” y traté de apaciguar su lloriqueo con la esperanza de que ella llegara; y 4) con la desesperación a cuestas, la llamé y le pedí que por favor se apurara. Sí: había perdido la batalla y estaba desesperado.

Porque claro: la naturaleza de un bebe hambriento y lloroso no deja espacio alguno para la razón. Era imposible pensar.

Felizmente, aunque entonces no lo sabía, mi mujer llegó y mi hija no se murió de hambre, opción que había barajado entre otras mil ideas fatalistas que a uno se le vienen a la hora de la hora.

La escena, obviamente, habría de repetirse incontables veces: Paola saliendo a trabajar y yo, quedándome con la pequeña, un cuerpecito que era, sin embargo, capaz de movilizar mis más profundas y desconocidas angustias. ¿Podré sobrellevar esto?, era la pregunta que me hacía siempre. No lo hacía en voz alta: lo llevaba dentro, como una procesión.

Y lo cierto es que sí. Que sí se puede sobrellevar, aunque admito que, como padre, siento que tenemos menos capacidad de aguante que una mamá. Pero es importante que entendamos nuestro rol, y que nos acostumbremos a entregar un granito de arena muy de estos tiempos: quedarnos en casa cuando nuestra mujer deba o quiera salir. Para un trabajo, para hacer las compras (tarea en la  que yo, sinceramente, me siento un inútil), recoger algo de la lavandería o simplemente airearse, liberarse un poco del natural estrés de esta nueva aventura.

Paola es una fotógrafa freelance que maneja su vida en base a dos grandes retos: la maternidad y el trabajo que puede aparecer en cualquier instante. Y, con los seis meses ya cumplidos de nuestra hija, puedo, al fin, sentir que la apoyo como se debe: quedándome horas con Catalina mientras ella sigue creciendo profesionalmente, afianza su amor por la fotografía y se embarca en cada vez más interesantes proyectos. Sé, porque la conozco, que sacrifica horas junto a su pequeña por esa misma razón: quiere darle lo mejor, pero también darse ella misma lo mejor. Cumplir con todos.

¿Hay algo de injusto en eso? ¿En qué una madre piense así? Un sujeto que intenta cada día ser un mejor padre puede decir que no.

Y mientras eso ocurra, y mientras yo pueda hacerlo, estaré siempre allí para ella.

Alberto Villar Campos
Web: Papá Crónico
Fan Page: Papá Crónico

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