2 de diciembre de 2015

¡Cumplí uno de mis sueños! …y cómo me cuesta

Yo, de negro y con pañuelo en mano, en una actuación del colegio, haciendo una de las cosas que más me gusta: bailar.

Siempre me gustó bailar. De niña quería crecer rápido para convertirme en una muñeca de Yola y así bailar junto con ella todas sus canciones.  Creo que fue en segundo de primaria que mi mamá me inscribió en las clases de Marinera Norteña que dictaban en mi colegio, las tardes de los sábados.  Según yo, aprendí todito y aprendí bien, además era algo que disfrutaba un montón.  Ya en secundaria participé en el Taller de Danzas Folclóricas y mi pasión por la danza se hizo más fuerte. Participaba en cuanta actuación había y a pesar de que mi cole era sólo de chicas, sólo en una oportunidad hice de hombre.  Es que modestia aparte, todo el mundo me felicitaba por lo bonito que bailaba y la gracia que tenía.  Tanto así que el mismísimo profe de Danzas me dijo que se le hacía muy difícil ponerme de hombre.  Ego hinchado y crecido hasta la estratósfera.  Lamentablemente cancelaron el taller y fue ahí que el baile empezó a alejarse de mí.

Salí del cole en 1994 y en esa época era impensable decirle a tus papás que querías bailar de manera profesional, en lugar de ser una Contadora o una Abogada, así que estudié Administración de Negocios Internacionales, pero siempre con la intención de matricularme en algún momento, en algún taller de bailes peruanos.

Pasaron los años y siempre hubo otras prioridades: estudiar inglés hasta llegar a nivel “Gringo”, viajar, comprar ropa, zapatos, carteras, seguir un diplomado, comprarme un carro, un depa, parar el depa, casarme y ser mamá.  Y así mi anhelo de volver a bailar, se convirtió en un sueño casi, casi, inalcanzable.  Quería volver a bailar, pero siempre lo rezagué. Una forma de estar cerca al baile era ir con mi mamá y mi hermana a cuanto espectáculo de Folclore hubiera y en los últimos años me volví caserita de todos los Retablos que se han presentado en el Gran Teatro Nacional.  Lo más bonito fue cuando mi Cata empezó a acompañarme.  Ir a esos espectáculos es demasiado emocionante, ha habido ocasiones en las que hasta he llorado por la hermosa puesta en escena, la música, los bailarines, las luces, el vestuario.  Lo disfrutaba un montón, pero siempre salía con una sombra de tristeza en el fondo de mi corazón. Quería volver a bailar.

Y fue hasta hace poco, luego del último Retablo de Octubre que de casualidad por el Facebook llegué a la página de Las Orihuela, un espacio nuevo dedicado a la enseñanza de Marinera Norteña y Afro, que abrirían dos hermanas bellas y con muy buena onda, excelentes bailarinas del Elenco Nacional de Folclore del Perú.  Y dije: aquí es, este es el momento.  Conocí a las profesoras, hermosas ellas, el salón de clase lleno de espejos y recién estrenado y me matriculé en clases de Marinera Norteña, dos veces a la semana.

Así que fui el primer día, sabiéndome recontra bailarina, casi casi con un Máster en Marinera Norteña.  ¡Qué fuerte, pero al mismo tiempo que paja sensación cuando te das cuenta que no bailas ni Los Pollitos Dicen!  Era cualquier cosa, menos una bailarina de Marinera. Claro, es que por un lado está el factor tiempo: han pasado 23 años desde la última clase de Folclore que recibí en mi vida, estoy recontra oxidada, tengo el ritmo, la gracia y delicadeza de un hipopótamo y por último, la psoriasis no me ayuda (estoy subida de peso por la medicación y creo que la artritis psoriásica se está empezando a apoderar de mí).  Además de esta cuestión física, está el hecho de que lo que recuerdo que era bailar Marinera, no tiene nada que ver con lo que me están enseñando. ¡Es mucho más complicado!

Un poco abrumada, con los músculos adoloridos y llena de pensamientos terminé la primera semana de clases.  La idea que tenía de mí misma y de mis virtuosos pasos de baile quedaron en el olvido.  Con mucha humildad y alegría, he tenido que aceptar empezar de cero y desaprender para aprender bien y así llegar a disfrutarlo. 

Estoy muy feliz en esta, mi segunda semana en clases. Me siento muy afortunada de haber tenido la suerte de conocer a Los Orihuela (porque también está Javier), de que el local esté ubicado casi casi a la espalda de donde vivo (es que las casualidades no existen, ¿verdad?), de estar haciendo algo que me fascina, de aprender (y no sólo a bailar), de conocerme más y de apreciar y agradecer infinitamente por tener esta linda oportunidad de cumplir uno de mis sueños y eso es ¡increíble!

2 comentarios: